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Salvadas las particularidades perceptivas de cada improbable caso, la velada continuó como si nada de lo anteriormente explicado tuviera la menor incidencia en los hechos que sucedieron. Había que juntarse y así fue ¿A qué? A cortar la tela y unir los retazos que se separaron y después se cruzaron aquí o allá sin tiempo de saber qué hizo el tiempo con lo que eran. La propuesta era tácita, pero sus resultados adversos se manifestaron de manera fuerte, contante y sonante. Es cierto que el pasaje pareció breve visto de lejos, pero se hizo interminable allí, en cada avance, novedad y mirá, jamás me hubiera imaginado eso de vos. Las pequeñas modificaciones que había con respecto de las fotos de pronto abrieron ríos de discrepancias y contradicciones donde las sombras se agachaban para fornicar y gemir mientras los cuerpos servían soda-por-favor-ahí-está-bien y hablaban de lo difícil que había sido cambiar de carrera faltando tan poco para recibirme. Lanzados a construir sobre ese pasado tan seductor, las caras tan amigas y familiares tambaleaban deformándose en silencios que la abundante cena justificaba. Ni el botototo ni la menigia hubieran podido negarlo.

Desde allí la ingesta viró sin sutilezas hacia la actualidad; como era natural, todos se tiraron hacia la soga maravillosa de lo mediatizado para coincidir, buscar un terreno previsible, pensar y decir lo mismo, masticar, tragar y devolver opinión pública. Minutos más tarde ya habían recuperado la carcajada liviana, así como la capacidad de hacer un chiste verde y recomendar una película in-cre-í-ble que no sé por qué fue derecho al videoclub. La voracidad de los comensales bajó, la intensidad de la charla subió, se llegó al final de la comida, se abrió el debate sobre política y la cafetera se encendió. Y sí, tal vez hemos cambiado un poco, pero en el fondo estamos tan cerca como antes. Qué lástima que no podemos hacer esto más seguido.

La sobremesa dejó un rastro de dos horas piponas para hablar en cualquier futuro cruce de peatonal, supermercado o boliche con maletín, changuito o amante en mano. Después, la calma que se aproximaba pesaba como el aire y forzó la dispersión, reduciendo la gran conversación a binomios o trinomios de confidencias volátiles; en el medio de la rotación, los que quedaban libres amenizaban el relax solitario con cigarrillos, idas al baño y al balcón que algún guarango intentó hacer coincidir con resultados abominables. En esa hora y pico el tono de confesionario se hizo regla, mientras que la música también era la de las fotos, con discos de cajas rotas y dos cassettes maravillosos que duraron lo que dura encender una computadora para buscar tal-tema y activar el modo shuffle. Las parejas, tríos (número por excelencia para el cónclave femenino) y cuartetos pasaron al nivel del inventario íntimo: promesas, rencores, secretos y amoríos truncos, cualquier cosa puede lavarse en las aguas melancólicas de los vasos con alcohol que agitan esta y tantas otras noches. Ojo, si la menigia se pasa con el vodka o el botototo protesta la composición de su fernet, no es un detalle menor en el resultado final de la reunión que ha propiciado en su hogar, más teniendo en cuenta que por esas horas el convite se encontraba en su punto más depresivo.

Entonces llegaron a la cumbre de la noche, directo y sin escalas desde el fondo de una vaga noción de decadencia. Ahí apareció el mamotreto, momento de entusiasmo máximo, de revivir y sacudir todo el polvo de los buenos tiempos. La charla pasó a un cuarto lento, con el freno de mano que imponía la única luz que brindaban dos veladores, que a su vez agradecían los ojos cansados pero ansiosos de cada uno de los invitados. Entonces estalló la verdadera regresión, con cada uno devuelto a la comodidad del viejo rol y las respuestas de aquello que se sabe de memoria. El diálogo se hacía espeso y jugoso desde la primera foto levantada, la que una modesta voz femenina (acaso un botototo travieso) alzó a modo de reliquia para abrir el juego, haciendo el pasamanos con una hoja amarillenta y preguntando si se acuerdan de... En la penumbra se arremolinó una ronda de hombres y mujeres que saltaban en sus sillas y señalaban exclamando, acusándose los unos a los otros entre carcajadas para tapar la mirada que busca y no encuentra en otra que también busca y tampoco encuentra y así sigue... Dicen que son los de la foto, los que escribieron eso, los que le pusieron el apodo a, pero no les cree. Ni el botototo o la menigia accede por un segundo a creer, sentado en medio de quienes -no hay otra explicación- se hacen pasar por aquellos de la foto. Para ser más exactos, el uno o la otra ya ha descubierto para entonces, vino y empanadas o lo-que-fuere después, que también lo suyo es una elaborada y noble impostación, con diálogos muy bien cuidados para no despertar sospechas entre los extraños que habían subido hasta su casa so pretexto de haber sido invitados por vaya a saber quién para hablar de no sé qué. Todo marchó a la perfección desde allí, pero no alcanzó para aplacar el desengaño.


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