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Escena 71

Afortunado Hilario, no pasaría la noche trabajando. Cristina no apareció, eso lo dejó con la tranquilidad de saber que no le pedirían ninguna nota de urgencia, al menos ese día. Está extenuado, no puede parar de pensar en que no sabe qué pensar acerca de todo lo que piensa. Repasa la oficina en busca de alguna extravagancia, de esas que solían llegar desde los recitales y las presentaciones, pero sigue siendo algo así como una heladera para gente: luz fluorescente, muebles anti personas, computadoras zafadas, zumbidos varios y constantes, refrigeración excesiva gracias a que Cristina no había apagado el aire acondicionado tras irse apurada (porque me matan si no llego a tiempo para presentar la muestra), algún que otro heroico objeto que no es blanco, negro ni gris. Hilario pensó en otra nota de tapa brilante sobre un artista brillante por una redactora brillante. Después pensó en el artista brillante sobre la redactora brillante. Se rió. Con asco, pero se río.

Profesional Hilario, tal vez podría adelantar trabajo. Le quedaban varias cosas por agregar a la cartelera del próximo mes y también debía la recomendacioncrítica de una novela horripilante. Ya se ponía a tipear mentalmente que era un libro verdaderamente innovador, una oportunidad inmejorable para quien quiera conocer la prosa de vanguardia en su más bella manifestación. Un hito más de este reconocido autor que, acostumbrado a romper los moldes más sólidos, nos regala una pieza que seguramente nadie podrá olvidar, ni siquiera el propio Hilario, que se lo enchufó a un (odioso) primo suyo antes de terminar el segundo capítulo. Empezó a reírse de lo lindo mientras pensaba en los comentarios que le haría luego de leerlo, porque, como buen hombre culto, su primo sabía tener una opinión profunda de cualquier cosa aprobada, publicada y elogiada, por más que fuera un sorete con tapas duras. La última imagen lo impresionó por unos segundos. Después, muy animado a pesar de lo lúgubre que era estar escribiendo solo en la oficina a esa hora, puso manos a la obra. Le bastó con la reseña de la contratapa, algunas advertencias de Cristina y el nombre de los protagonistas de la historia para llegar a las 60 líneas de nada que precisaban para la página impar que abriría la sección "Literatura para Noviembre". Era arriesgado, quedaría expuesto si alguien notaba la falta de contenido y demás; eso le hubiera advertido cualquier persona que no lo conociera. Hilario se conocía poco y nada, es cierto, pero también había aprendido a no hablar con extraños.

Sobresaltado Hilario, el teléfono sonó de repente. Levantó el tubo y escuchó el hola de Griselda, que siempre primereaba aunque fuera ella la que llamara. Él se quedó callado, inquieto al cuadrado por ese hábito de locas desatadas; qué querría ahora, su voz chillona reventaba el auricular repitiendo hola, sos vos, contestame. Maldijo a través del tiempo y el espacio a Cristina, la puta madre, esta noche tenías que estar acá, qué me importa la muestra de ese viejo degenerado, se ve que estás necesitada... Basta, intentó serenarse. El primer paso fue colgar el teléfono. Un click y después el tu, tu, tu... lo único que recibió Griselda como respuesta por segunda vez en el día. Estaba seguro de que ella no se conformaría con eso, pero al menos dilataba un poco el momento de encontrársela. Se calmó un poco, se sentó en su escritorio, bebió la poca gaseosa que quedaba en la botella que habría abierto andá a saber en qué día de la semana pasada. Jugaba con la tapita de plástico y se ponía más nervioso, le parecía que en los últimos minutos había sido una bola de actos reflejo (estaba tan olvidado de los días en que trabajaban juntos en la revista). El Hilario de entonces no reconocería a ese tipo desencajado que le daba vueltas al escritorio pensando en la mejor excusa para explicarle que mejor no subas, pasate otro día y hablamos. Se preguntó cuánto tendría que ver Cristina con toda esa paranoia suya, pero la duda murió rápido y sin duelo.


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