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Mi segundo intento por incorporarme fue exitoso, quedé parado en medio del pasillo a la altura de la puerta de descenso. Ella no se había percatado y continuaba (haciendo como si estuviera) distraída, dejando que su cabeza acompañara suavemente los inevitables zarandeos que los baches provocan en esa parte del trayecto. Casualmente, era la que antecedía la llegada al parque, sólo faltaba tomar hacia la derecha en la próxima cuadra. El colectivero no se dio el lujo de desperdiciar semejante oportunidad. La maniobra fue repentina y a gran velocidad, no pude aferrarme al pasamanos a tiempo y quedé troquelado contra la ventanilla de mi asiento de un solo golpazo. El ruido del impacto no la hizo voltear, lo cual revelaba más allá de toda conjetura una gran capacidad para disimular la curiosidad que mi persona le despertaba. Faltaban tres cuadras para bajarme. No había forma de lograr en tan poco tiempo que ella me acompañara al parque y mucho menos que me permitiera continuar el viaje a su lado, sobre todo porque todavía no habíamos cruzado palabra alguna. Me abandoné a seguir contemplándola hasta las últimas consecuencias, sintiéndome casi derrotado por su excesiva habilidad para aquel juego y también por los volantazos de mi enemigo, que no por el hecho de que yo en ese momento estuviera tocando el timbre se iba a alzar con la victoria. El coche frenó lentamente hasta detenerse por completo. Comencé a descender de costado sin dejar de admirarla. Ella volteó de manera imprevista, seguramente simulando un interés por llevarse una vista del parque que yo todavía no había podido adquirir. La encontré de perfil, con la mirada dirigida hacia un punto en que podía ver el parque sin perderme de vista. Su movida fue tan ingeniosa y oportuna que me distrajo en mi tarea de bajarme del colectivo. El pie derecho apenas estaba apoyado en el pavimento cuando el resto de mi cuerpo decidió seguir descendiendo automáticamente. No alcancé a agarrarme de nada y, ya vencido, me limité a caer tratando de no perderla de vista. Giré poco menos de 90 grados hacia atrás y aterricé de espaldas, golpeando la parte de atrás de mi cabeza contra el cordón de la vereda. El colectivero arrancó inmediatamente, llevándose a bordo la última imagen de ella, que se reía de mí.

En ese momento se dispararon mil ideas en mi cabeza: pensé en un complot entre ambos tripulantes, pensé que las dos señoras seguían subidas al colectivo, pensé que ella jamás se había fijado en mí y que el chofer sólo era un bruto más al volante de un coche más. Me levanté para chequear si tenía algún tipo de lastimadura mientras ordenaba todas esas ideas. Empecé a caminar por el parque con la tranquilidad de que había muy poca gente. Ya sentado en mi habitual banco al costado del camino, comprendí que sólo eran disparates. Nunca fui de de esos bobos que andan por la vida prestándole demasiada atención a lo que les dicta su imaginación


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