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Salió a la calle y empezó a caminar aunque usted piense que suena un poco aburrido ya sea la acción o el comentario. El viento la acompañaba de costado, el sol no, tapado como estaba por el paro y movilización de una nube y todas las nubes grises allá-arriba (ah, vio cómo le gustan las figuras baratas, si fuera aborigen precolombino usted ya estaría hasta el cogote de espejitos). Los ojos amarillos, entrecerrados, apuntando siempre hacia adelante, el paso cadencioso, no me pida más porque no le va a servir para nada. Se supone que debería brindar más información, pero sería un intento de omnisciencia bastante inútil dada la sencillez de lo que aquí se cuenta, qué quiere que le diga. No, eso no ¿No le alcanza con lo que ve? Fíjese, paró en la esquina a comprar un paquete de galletitas, dulces si es que usted no es demasiado miope (literalmente, no se ofenda). Mientras tanto intercambió algunas frases con el quiosquero que la recibió sonriente, pero ella no se permitió corresponderle la sonrisa en ningún momento de todo el goloso trámite ¿Está claro que va ahí con cierta asiduidad o también quiere que le transcriba lo que se dijeron por si a mí se me escapó algo? Never mind. Siguió viaje, que es lo (único) que importa, por la calle que cruzaba a la calle por la que venía... digamos que dobló. Ahora el viento la empujaba, los párpados se abrían y las migas de chocolate se acumulaban en las comisuras de los labios, conscientes de la suerte de la mayoría de sus hermanas, caídas ora en el pavimento, ora en la boca (hora de modernizar el vocabulario tal vez). O bien el ritmo era tremendo, en menos de dos cuadras un paquete entero de galletitas comido y sin convidar, o acaso el ritmo era lentísimo, dos cuadras para comerse un paquete entero de galletitas comido y sin convidar, vio cómo es esto del orden de los factores.

Antes de entrar en el banco frenó, dio una vuelta entera tres sesenta, despacio pero inquieta, mirando hacia todos lados, como esperando qué. El envoltorio sonó dentro de su puño, cayó tan rápido como puede hacerlo tan ingrávido bollito hacia el tacho que recibía y despedía a los clientes frente a la grande gruesa grossa grosera puerta giratoria. Lo que ella no llegó a ver fue el yerro, el rebote contra una botella de plástico en el interior, el nuevo salto, esta vez de adentro hacia afuera, hacia el cordón de la vereda junto con otros tantos paquetes, papelitos y tatarabuelísimas hojas de árboles. No hay nada más lindo que la familia unida.

De lo que pasó adentro no hay demasiados detalles por razones ya enumeradas anteriormente, y también por el escenario en particular. Si hay un lugar donde los narradores no pueden inteligir nada de lo que pasa, (y todos son éste-que-narra-aquí, por si le incomoda la generalización) ese lugar es un banco... o un cuarto oscuro adentro de un banco, que ya sería el colmo.

Pasemos directamente a la salida, mismo lugar, misma dirección, sentido opuesto. La tarde se va armando para allá, para donde ella mira mientras se escapa de la infinita redundancia de la puerta giratoria al tiempo que un gordo moy orondo lo ompojo poro solor. Si yo tuviera que hacer un diagnóstico, más bien garabatearlo, diría que esta muchacha va en procesión, que está pariendo algo, espiritualmente hablando... y la otra es que esté indispuesta, pero estoy seguro que de ahí no sale la cuestión. Si se le nubló el panorama, mejor, ya debería saber que esas interpretaciones no le van a servir. Apriete el paso que la piba se nos va, atienda a lo importante: la piel, los pasos, el silencio, los frenos; todo emerge en ella como a rebato, de improviso o de atropellada (si hubiera que darle el gusto a usted, pero no). Todo lo que ha hecho hasta aquí pareció ser en vano; no importa el banco, está claro que lo que no se cuenta no importa y que no le extrañe que tampoco exista. Cada acción la llevó a un grado mayor de ansiedad para realizar la siguiente (si hubiera que darle el gusto a usted, pero no). Era una espiral de energía que tenía la base en aquel despertar tan fresco, tan de niña, tan simple (eso si hubiera que darle el gusto al narrador, pero tampoco). Desde entonces todo se ha vuelto más complicado por sus constantes reinterpretaciones y las consecuentes evasivas para lograr desandar el relato junto a ella. He aquí lo jodidamente simple que es la vida cuando le agarra bien de las pestañas, sólo se enreda más con cada resolución posterior por más imprevista y original que crea que puede llegar a ser (sí, es una contradicción mayúscula como esta T).

Entonces ella sonreírle a una planta, empujar a un viejo con poco disimulo y menos vergüenza, correr dos cuadras haciendo avioncito, saltar sobre el capó de un taxi impertinente sobre la senda pea-to-nal señor, sentarse en el asiento de un colectivo y levantarse sólo cuando ha vuelto al punto en que se subió, romper despacito el bordado de su remera naranja mientras espera mirando sin parpadear que la iluminación artificial de la ciudad despierte en ese ojo de sodio que justo (qué justo) la espía a través del ventiluz. Todo pasó así de rápido para ella, para mí y para usted, al punto que ni siquiera notó que ya estaba de vuelta en su pieza, esperando que anochezca, esperando qué. No se impaciente, carajo. Merodea frenética en el cuartito, ordenando todo sin perder de vista el recuadrito de cielo que todavía tiene algo de celeste aunque está bastante lejos del negro estrellado tradicional (a los colores del medio no voy a ajusticiarlos con adjetivos ni comparaciones ni ninguna otra porquería, proceda hacia su ventana amiga y véalos). La cuestión sigue siendo que el tiempo no parece ir lo suficientemente rápido para usted, falta para la noche, además de que los cachidié metros cuadrados de ella están impecables. El baño fue su próxima parada, donde el espejo la vio pasar sin ganas de pelearla otra vez, demasiado ocupado estaba abriendo la canilla del agua fría hasta hacerla retorcer de dolor (a la canilla). Luego se estacionó bajo el chorro fofo con los ojos cerrados y el rostro de frente mirando hacia abajo, de modo que el agua golpeaba sí o sí en la parte de arriba de la cabeza, derramándose sobre lo que quedaba de ella (frase depre innecesaria). Allí estuvo durante unos buenos veinte minutos, balanceando a un mismo compás los brazos y el cuello, algo sencillamente envidiable si me permite la intromisión en una escena tan deliciosa como ésta. Por desgracia para mí, por suerte para usted-que-lee-allí-ansioso, el trance llegó a su fin con los ladridos de un perro maula y otro medio fifí que se habían agarrado en la vereda a la que daba el ventiluz, cosa de que se enterara hasta la cucaracha que estaba abajo de la mochila del inodoro y que ella por suerte no vio mientras salía de la ducha, caso contrario usted ya estaría recibiendo en este momento su buena dosis de sangre, desnudez e insectofobia, que bien serviría para saciar su dulce curiosidad si no hubiéramos acordado que esta historia es simple simple simple.

Hasta aquí los eventos se han ido superponiendo en tanto que sus malditas inferencias se han ido posponiendo, lo cual hay que agradecer a la carencia de puntos y aparte. Si bien éste marca una transición, como ya habrá notado, también sirve para aclarárselo un poco a fines de que nos vayamos entendiendo un poco mejor. De esa forma capaz que podemos levantar un poquito el vuelo de esta historia simple y termina siendo más interesante para ambos. Asumo que la idea le gustó, tanto como a mí se me antoja que le haya gustado, así que avancemos nomás que esto puede llegar a ponerse bueno... o no.


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