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ra la mañana más calurosa que William recordaba desde su llegada al frente, hacía cosa de dos meses. El inminente ataque que se aproximaba hacía que la tensión aumentara a un ritmo vertiginoso. Todos sabían que la campaña no estaba produciendo grandes avances y que aquel último embate era un manotazo de ahogado de Hamilton para no aceptar el fracaso total. Salió de su tienda y contempló el cielo azul que se extendía soberbiamente sobre él. "Podría haber sido un día hermoso", pensó. "Podría haber sido... "

A escasos dos kilómetros de ahí, Nazim se hallaba absorto en pensamientos similares, cuando la voz de su comandante ordenándole presentarse en la trinchera de apoyo lo distrajo. Ya era casi mediodía. Giró lentamente hacia donde sabía se encontraba la Kaaba y comenzó a recitar las palabras de la segunda oración diaria del salat, obligación de todo practicante del Islam. Cuando hubo terminado, salió de la tienda y comenzó a recorrer la distancia que lo separaba de su destino. Mientras caminaba y escuchaba los disparos y explosiones acercándose, contemplaba los rostros de sus camaradas... sabían que la embestida británica iba a ser muy importante, y se preparaban para lo peor...

William se reunió con su pelotón en la trinchera cubierta, ubicada unos sesenta metros por detrás de la línea de combate. Los hombres recibieron las órdenes, no sin cierta desazón y, persignándose, se prepararon para el combate. William se calzó el casco, revisó su rifle, y contuvo la respiración hasta que escuchó la orden...

Sus camaradas se pusieron de pie y empezaron a correr a través de la tierra de nadie, intentando no ser un blanco fácil para la metralla enemiga, al tiempo que su propia artillería les proporcionaba una dudosa cobertura. Mientras los silbidos de las balas y las explosiones llenaban el aire y William destinaba todas sus fuerzas a correr en dirección a la trinchera enemiga, el hombre que se hallaba corriendo junto a él cayó de repente y quedó en el camino. Sintió un escalofrío... a pesar de que había visto aquello muchas veces, aun no terminaba de acostumbrarse. Pocos metros delante de él, tres de sus camaradas fueron arrojados por los aires, envueltos en una explosión de tierra y fuego, cuando una bala de mortero explotó a sus pies... no se detuvo...

A pesar de las bajas, el pelotón alcanzó la trinchera de combate enemiga. Los hombres saltaron dentro, y se enzarzaron en la lucha cuerpo a cuerpo. William saltó, se incorporó y, sin darle tiempo de reaccionar, golpeó al sorprendido soldado turco junto a él con la culata del rifle en la mandíbula. Atacó a un segundo con la bayoneta y lanzó dos seguros disparos contra otros dos que se hallaban a unos escasos cinco metros...

Nazim disparó su rifle con admirable precisión contra los soldados británicos que aún no habían saltado dentro de la trinchera, derribando a tres de ellos... pero eran demasiados... sabía que alcanzarían la trinchera cubierta. Buscó entre su pertrecho una granada y la arrojó con todas sus fuerzas. La ensordecedora explosión destacó por sobre los silbidos de las balas y los gritos...

William y su pelotón siguieron avanzando. Llegaron a la trinchera cubierta, la segunda línea defensiva enemiga. Podría haber jurado que el fatídico concierto de gritos y explosiones se incrementaba en intensidad. Disparó contra un soldado que se encontraba frente a él y vió a un segundo a pocos metros, de espaldas. Se dispuso a disparar... y el rifle se atascó...

Nazim sintió que algo lo impulsaba a voltearse. Giró y vió cómo un soldado británico acababa de arrojar el rifle al suelo, sacaba su pistola y disparaba... apretó el gatillo, y sintió cómo el impacto de la bala se abría paso entre sus costillas...

Todo pareció transcurrir muy lentamente... William abrió los ojos muy despacio. Estaba tendido en el suelo. Sentía un terrible dolor en el pecho, pero al menos se alegró al comprobar que respiraba. Pausadamente se llevó la mano derecha hacia la herida y después de palparla se asombró al comprobar que no había sangre. Lentamente abrió el bolsillo frontal de su pertrecho, y no pudo evitar esbozar una sonrisa, que el dolor se encargó de desvanecer rápidamente. Tomó el pequeño y grueso libro, agujereado de lado a lado, entre los dedos y leyó las letras de la portada, otrora doradas, como si las viera por primera vez en su vida... "La Santa Biblia"...


La figura de blanco levanta la vista con un atisbo de sonrisa en el rostro. Un murmullo de voces llena la habitación...

"No creo que eso sea del todo válido", acota una de las voces.

"Todo vale, mi amigo", le responde su interlocutor.

Mientras la imagen indefinida deja la mesa, la figura de negro toma su lugar.

"Bien... nos encontramos nuevamente...", espeta la voz, sin ningún matiz en particular.

"Adelante, pues... escoge..."


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