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Dios estaba sentado en su trono de metales divinos, adornados por joyas dicen que nunca vistas, que sólo sabemos que eran resplandecientes como mil soles cada una. Un arcángel se acercó con el mensaje. Dios sabía perfectamente de qué se trataba, pero como entidad divina superior no quería ser el primero en reconocer el error. Porque, por supuesto, El no podía cometer errores. Así que optó por echarle la culpa al ser humano directamente. El le había dado la capacidad de discernir entre probar el fruto de la sabiduría o no, y le había dado la orden de que no hacerlo. Era una buena excusa para lavarse las manos. El humano sería responsable de su inteligencia y de sus consecuencias. Y debió interpretar bien las palabras del hijo de Dios, cuando dijo en la tierra "Nadie viene al padre si no es por mí", cuando decía que para ganarse el Reino de los Cielos debían ser inocentes como niños. Nadie lo había entendido, y eso no era su culpa, se suponía que eran inteligentes ahora. Y su Reino estaba prácticamente vacío de almas humanas. Se suponía que el humano debía encontrar la paz propia en uno mismo, y amar la belleza de la vida por el solo sentido de estar vivo, y así era como encontraría a Dios y como llevaría dentro Su espíritu. Su espíritu de vida. En la Tierra tenían todo lo que necesitaban para vivir plenamente y ser felices, y eso era usar la inteligencia. Pero no. Se habían esmerado en construir máquinas para no caminar, máquinas para no cocinar, máquinas para no limpiar, máquinas para no tener contacto con las otras personas al comunicarse, máquinas para no pensar y entretenerse frívolamente. Y nadie se ganaba el Cielo. E iban a misa, o la escuchaban por más máquinas. Y hacían rituales y elevaban canciones sin darse cuenta de que no llegaban ni a los techos que también habían construido. Y se creían inteligentes, pero en verdad no lo eran. Anhelaban el dinero. El mundo giraba en torno al él y al poder. No se dieron cuenta de que en realidad el poder no lo tenían ellos. Y habían destruido el hogar que se les había otorgado, y a las demás especies habitantes que quedaban, que hasta les habían sacado la misma virtud que le había sido entregada al humano en un principio: Tenerlo todo para ser feliz. Flores para llenar las mañanas, alimento y agua en abundancia. Arboles y un sol para entibiar, una luna para alumbrar las noches y estrellas para adornarlas. Dios se había dado cuenta de todo esto, y sabía que la gente se había vuelto estúpida. Y estaba empezando a sentir una especie de odio, o rencor, por haber creado algo a su imagen y semejanza, y que de un tiempo al otro se hubiese transformado en algo estúpido y vacío. Y ahora todos esos enanitos que deberían estar adorándole, estaban a mereced de Lucifer. Pero no iba a dar el brazo a torcer. - Anda, lleva esta carta a Lucifer.
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