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La noche estaba despejada y se dejaban ver muchas estrellas, aún con las luces de la ciudad. Ibamos mi amigo y yo rumbo a un bar. Pedimos cuatro fichas de pool.

Estaba jugando mal. No podía alejar mis pensamientos de ella. Las imágenes me pasaban por la cabeza como una película. Algo tenía esa chica, algo...

Perdí los cuatro juegos. El me preguntó que me sucedía, que me notaba desconcentrada. Le dije que no sabía, que me disculpase, que me tenía que ir. Dicho y hecho, me coloqué la capucha, encendí un cigarrillo y salí.

¿Cómo la encontraría en una noche como ésta? ¿Adónde podría haber ido?

Me dirigí a la plaza central. Me senté a esperar. No sabía qué esperaba, pero, ¿nunca tuviste un presentimiento? Lo mío era sólo eso, pero era lo único que tenía.


Pasó hora y media, y nada. Tenía que tomar algo. Caminaba rumbo a un lugar donde comprar alcohol y encontré a unos conocidos, reímos un poco y seguí caminando. Llegué frente a un local bailable. No entraría ahí a menos que estuviese ebria. Enfrente compré lo que buscaba. Entre la gente que estaba afuera, pude ver un saco blanco. Casi se me resbala la botella, pero la llegué a atajar antes de que colapsara en el suelo.

Traté de no perderla con la vista. Reía con sus amigas. Estaba fumando un cigarro. El corazón me empezó a latir más fuerte, más rápido, más fuerte, más rápido, más... más.... Tomé unos tragos. Volví a buscarla con la mirada. No era ella. Que tonta había sido, no hay un sólo saco blanco en el mundo.

Me quité la capucha, dejando caer mi cabello. Me senté en la vereda de enfrente y bajé la cabeza hasta que mi corazón se tranquilizó. Tomé otros tragos, apoyé la botella en el suelo. Noté que mis cordones estaban desatados. Estaba terminando de atarlos cuando vi cuatro zapatillas deportivas frente a mis pies. Eran dos chicas.

- ¿Me prestás fuego? -dijo una de ellas.

Metí la mano en el bolsillo, y cuando la extendí les dirigí la mirada. Mi pecho se sobresaltó. Una de ellas se había agachado para tomar el encendedor. Era ella. Ni siquiera pude ver quién era la otra. Me miró, hincada frente a mí. Prendió su cigarrillo mirándome. ¿Qué necesidad tenía de hacer eso? ¿Me estaba provocando? ¿O sólo serían ideas mías? No podía dejar de mirarla. Me devolvió el encendedor. Apenas atiné a tomarlo. Rozó mi mano con la suya al dejarlo, de una manera exagerada para ser natural. Se incorporó.

- Gracias. -me dijo, y se fueron caminando.

Su cuerpo era perfecto. llevaba un pantalón negro que la contorneaba como si fuera su piel, y un buzo blanco. Su cintura era atrapante. Movía las caderas al caminar con un vaivén capaz de enloquecer. Me tenía idiotizada. Estoy segura de que debió haber escuchado latir mi corazón. Mi cuerpo estaba petrificado. Tenía que ir tras ella.

Me quedé sentada unos minutos más, tomando un par de tragos, tratando de calmarme. Cada tanto la seguía con la mirada. Ella estaba en la vereda de enfrente, fumando su cigarrillo. Me miraba de reojo. Me daba cuenta de que lo hacía. Nuevamente, ¿lo haría a propósito o sólo serían ideas mías? Era momento de dejar de pensar. Algo tenía ella, y yo quería descubrir qué era. Entró. Me puse de pie y comencé a caminar rumbo a la entrada. Nuevamente esquivando personas.


Estaba dentro. No podía ser tan complicado encontrarla. Me senté en una barra, pedí un trago, y comencé a recorrer el lugar con la mirada. Estaba bailando con sus amigas. Estuve unos cuantos minutos observándola. Fue hasta la puerta y volvió. Parecía buscar algo ella también. O sólo eran ideas mías. Me vio. Nuevamente comenzó a agitarse mi corazón. Ella comenzó a bailar de un modo más tentador, se movía como la música. En algún momento me di cuenta de que estaban pasando el tema "Lyla", de Oasis. No podía ser más coincidente. ¿Serían casualidades simplemente? Me dirigí hacia ella. Me paré detrás. No me fijé en nadie más, ni en sus amigas, en nadie. La tomé de la cintura, acerqué mi cara a su cuello e inhalé. Tenía un aroma hechizante, excitante. Ella seguía bailando.

- ¿Lyla? -le dije.

Se dio vuelta y me miró. Sonrió. Pero sonrió de un modo seductor, atrevido, tentador, encantador. La seguía teniendo tomada por la cintura. Se me zafó y salió casi corriendo. Impulsivamente, la seguí. A esta altura creo que había gente mirando ya. No me importaba.

Dobló por un corredor que daba a otra sala, donde había otra barra y mesas. La sujeté de nuevo por la cintura. La miré. Ella me miraba, y sonreía de la misma manera. Me estaba matando. Me estaba consumiendo. Me latía el corazón, y empezaba a sentir esas pulsaciones por todas partes, por mi cabeza, por mis manos, por mi torso, por mi entrepierna. Acerqué mi rostro al de ella, sentía el calor de sus labios. Me besó


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